El barbudo que comía niños
Marcos Chinchilla Montes
Así es, gente que aún no nace, será abanderada de su pensamiento, justo
como con Galeano o García Márquez. Sus detractores... son mera miopía y
mezquindad política, amor por la muerte, la indivudualidad y la exclusión
social.
De carajillo, papi nos echaba el cuento de que Fidel Castro comía chiquitos,
y claro, él lo creía sinceramente. En aquella inocencia, a uno le entraba la
preocupación por el barbudo. Era parte de la ideología que construía el
imperio, la burguesía y los medios de comunicación para que rechazáramos
cualquier cosa que oliera a comunismo y castrismo.
Fracasaron. Dichosamente y gracias al paso por la universidad, otras
visiones nos fueron llegando de Cuba, no era el infierno que nos dibujaban los
medios de comunicación.
En la primera visita que hice a Cuba en medio del periodo especial,
quedé encantado con la lozanía de su niñez, con los lúdicos que eran, con el
nivel de conocimiento, con su alegría. Junto a los adultos mayores y mujeres
embarazadas, eran los mejor cuidados en medio de la carestía impuesta por el
bloqueo y el colapso del mundo comunista oriental.
Dos viajes más a la isla confirmaron que Fidel no se había comido ningún
niño.
En una ocasión en Panamá compartía con varias trabajadoras sexuales que
estaban instaladas en la capital, cuando indagué por las razones que las
llevaron a trabar hasta esa ciudad, recuerdo las lágrimas de una de ellas: “hoy
mi hija menor está cumpliendo años, nada más deseara que estar con ella y mi mamita;
pero cerraron la heladería en la que trabajaba y no encontraba trabajo en
Colombia. Estoy acá para mandarle a ellas dinero y que no se mueran de hambre”.
La misma pregunta se la hice a una jinetera en el primer viaje que hice a Cuba,
era el periodo especial, la respuesta me dejó aterrado: “chico, necesito
comprar jeans y perfumes, eso no está incluido en la libreta…” La famosa
libreta, que aunque con muchas limitaciones, dignificaba y no dejaba que nadie
se muriera de hambre.
Recuerdo que en 1981 mientras el director del
colegio nos limitaba la posibilidad de expresarnos como adolescentes, entonamos
a viva voz: "que viva la revolución, arriba Fidel", y seguimos sin
miedo desarrollando nuestras actividades de final de secundaria; fue ese mi
primer referente político de Fidel Castro, la rebeldía se nos tiño de Latinoamérica
liberada en un colegio en el que prevalecía la verticalidad y la imposición
adultocentrica.
Murió un hombre que inspiró una buena parte de mi
vida, de mi humanidad, de mis convicciones. Se fue, sin dichosamente irse,
alguien que seguirá marcando mi vida. Comandante, Fidel, seguiremos
construyendo ese mundo mejor para la humanidad, ese mundo por el que tantas
veces arriesgaste la vida.
No ha terminado de morir y Fidel Castro vuelve a
nacer, con la estatura intelectual, humana y ética que nunca alcanzarán sus
detractores, con la fuerza orientadora del Che Guevara, de Salvador Allende, de
Víctor Jara y de Frida Khalo. A Fidel, la historia ya lo hizo eterno.
¡Hasta la victoria, siempre!
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