Menos PANI, menos
universidades, más violencia social
Marcos Chinchilla Montes
Sería a
finales de los 80 o principios de los 90. Telenoticias cubría en vivo un
incidente masivo de violencia en una de las comunidades urbano marginales de
Pavas. Mientras el contingente policial iba ingresando a la comunidad, un
periodista abordó a uno de los policías y le consultó cuándo se resolvería el
conflicto, el policía le respondió con una brillantez para mi inesperada:
cuando se acabe la pobreza.
No sé si
luego de eso habrán despedido al policía, pero su lectura del conflicto social
reflejaba la inequívoca relación entre exclusión social y violencia social.
Pocos años
después (1994), en una entrevista que le realizó Pilar Cisneros a Rafael Angel
Guillén cuando se aprestaba a dejar la Dirección del Organismo de Investigación
Judicial, éste brindó una serie de recomendaciones para enfrentar la creciente
violencia social que ya experimentaba el país, entre ellas la prevención.
A propósito
del asesinato múltiple que ocurrió recientemente en Cieneguita de Limón, Jorge
Chavarría, Fiscal General de la República, se expresó en términos similares,
prevención; dejando entrever que los cuerpos policiales serán siempre
insuficientes.
El año
pasado, mientras me desempeñaba como docente en la Sede del Caribe de la
Universidad de Costa Rica en Limón, escuché en más de una ocasión a personas
que aplaudían el trabajo de “macho coca” en la zona. De poco valía recordarles
que Pablo Escobar había sido endiosado en su natal Medellín por similares
prácticas, y que incluso hoy en día para muchas personas es casi un santo.
Y no es
complicado entenderlo, ante la omisión, desplazamiento o ausencia del Estado,
otros grupos lo van a remplazar, y tejerán sin mayor problema sus redes
delincuenciales para reproducirse y mantenerse en el poder, y para ello es
vital el apoyo de las personas que se ven beneficiadas por sus actividades
económicas.
Esa
omisión, desplazamiento y ausencia del Estado tiene un nombre, neoliberalismo;
si, el que nos impusieron desde inicio de los años 80: el que privatiza
nuestras instituciones, el que hace negocios con la salud, la educación, la
vivienda, la cultura, las telecomunicaciones, el que sume en la miseria a miles
de costarricenses violentándole sus más elementales derechos.
En esas
barriadas urbano marginales, donde la exclusión social reina e incluso hay que
pedir permiso para ingresar, se encuentra uno con niños que el sistema social
les impuso como proyectos de vida el convertirse en narcos, sicarios e integrantes
de pandillas…, las generaciones de remplazo de quienes actualmente comandan la
violencia social. Lo mismo que se presenta en El Salvador o México, jóvenes que
saben que no vivirán más de 25 años y que deben vivir la vida de manera intensa
antes de que sus rivales o la policía los asesinen.
Reporta el
diario La Nación (19 de octubre) que los diputados de la alianza opositora de
la comisión de hacendarios (neoliberales y cristianos conservadores), aprobaron
un recorte de ¢47.831 millones del presupuesto del PANI para reorientarlo a los
cuerpos policiales. En una línea similar se piensa hacer recortes
presupuestarios que afectarían la educación superior pública.
La
explicación de fondo es aún más preocupante, los diputados opositores se han
opuesto recurrentemente a grabar las ganancias de los grandes capitales (a los
que representan), y optan por intentar recortar la seguridad social.
La
brillantez del policía que destaqué al inicio de este texto, dista mucho de la
de los diputados de la alianza opositora. Reducir la inversión en la niñez y
adolescencia, no solo implicará pauperizar la calidad de vida de esta población
(condenarla a la miseria, a la explotación, al trabajo infantil a los malos
tratos, a la reducción de la seguridad y protección institucional), sino que
también fomenta condiciones para empujar a más personas a desarrollarse en
escenarios de violencia social.
Reducir la
inversión para que se alcance el derecho a la educación superior,
necesariamente implicará menor movilidad social para cientos de estudiantes que
no lograrán entrar a la universidad pública, menos investigación y menos acción
social que atienda las necesidades del país (recordemos que el derecho a la
educación universitaria se convierte en un negocio para los empresarios de la
educación).
El aumento
de los cuerpos policiales es una panacea que debe discutirse reposadamente.
¿Será la estrategia represiva la correcta para enfrentar la violencia social?
¿Será mejor invertir en sistemas de inteligencia que anticipen la criminalidad?
¿Retomamos la inversión en seguridad y
distribución social como mecanismo que garantice la equidad social, la
calidad de vida y la movilidad social?
Lo cierto desde mi lectura, es que no podemos apostar por la contratación de más policías, a costa de reducir las oportunidades sociales que generan instituciones como el Patronato Nacional de la Infancia o las universidades públicas.
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