El asesinato de Parmenio Medina



El asesinato de Parmenio Medina

La noticia del asesinato de Parmenio Medina nos tomó por sorpresa a mi persona y a un grupo de estudiantes de Trabajo Social que nos encontrábamos en Nicaragua.

La impotencia, el asombro y el dolor de repente nos hicieron pensar que la patria que teníamos atrás no era la nuestra.
Tras una larga conversación, reconocíamos que los diferentes escenarios políticos que se configuraban en el país resultaban de ese día en adelante mucho más adversos y perversos, sin lugar a dudas el país se nos escapaba de las manos. Para profesionales que trabajan por la construcción de una sociedad más digna, justa, integradora y abocada a principios de desarrollo humano, el ajusticiamiento de Parmenio es un claro mensaje para que ocultemos o enterremos nuestros principios y compromisos.

Nuestras colegas nicaraguenses nos recordaron toda la sangre y violencia que el régimen somocista había llevado al país durante décadas, y cómo esa práctica asesina era el arma favorita para mantener el poder y asustar a la población o generar el silencio.  Los horrores de Pinochet, Videla, la contra gringa y otros tantos tiranos saltaban en cada reflexión que hacíamos.

Con esos recuerdos que aún sacan lágrimas a nuestr@s herman@s del norte, se nos vino a la mente que esa práctica asesina no es nueva en Costa Rica. En los 80, durante el gobierno de Monge, se mandó a asesinar a Viviana Gallardo; en los 90 y en el marco de un conflicto medio ambiental, la Ston Forestal se dio el gusto de perder a tres de sus más activos y beligerantes adversarios: muertos en un inexplicable incendio que acabo con sus vidas; abriendo el nuevo milenio, la policía nos llenaba de gases, matones a sueldo golpeaban estudiantes y desde los helicópteros filmaban a nuestras chicas que estaban en la primera línea de los bloqueos contra el Combo con la intención de amedrentarlas.

Le tocó el turno a Parmenio. Uno más entre una lista que seguramente no se va a acabar por más vestiduras que se rasguen La Nación, Radio Monumental, los periodistas rosas o la santísima Iglesia.

¿Y qué nos queda como trabajadores sociales? ¿Aprender a guardar silencio o dar pasos firmes para reconstruir un país que demanda de verdader@s ciudadan@s?

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